Piénselo aferrado con gentileza, tenga seguridad cuando sienta que está viviendo algo que vale la pena, podría ser algo irrepetible.
La cita es de una diosa, con todo de diosa desde su nombre y a pesar de ser humana como pocas.
Dijo esto sonriendo, mirándome a los ojos unos parpadeos después de despertar y caer en cuenta de que habíamos dormido juntos, desnudos, abrazados, mimándonos sin ir más lejos que eso.
Ella simplemente me tomaba con ambas manos por el miembro atento a su tacto. Lo había bautizado entre libélulas con un nombre que no puede repetirse. Tenían una bonita relación, se entendían a señas, jugaban juntos y se trataban sin presiones, solo las necesarias. Me deleitaba dándoles su espacio y su tiempo.
Hicimos el amor sin prisa entre los cantos de copetones, gallos y mirlas, sin preocuparnos por nada mas. Teniéndonos uno al otro durante la intimidad extendida por minutos que no se contaron. Nos derretimos juntos mientras la chimenea aún calentaba y los palos reventaban como nuestro eco, extasiados en el fuego que se reducía a brasas tras el amanecer.
Complacidos en la contemplación mutua dejamos que el tiempo transcurriera sin afán y no pude encontrar otro lugar donde quisiera estar ese instante. Reímos como otras veces en el preludio de levantarnos sin pensar en la ropa a ver por la amplia ventana que enmarcaba la laguna, las montañas andinas, el cielo abierto, las velas navegantes que parecían dibujadas sobre el agua, todo entre una inmensidad que evocaba al océano cuando se funde con las nubes en el horizonte.
Aunque hacía algo de frío decidimos salir a caminar envueltos cada uno en una manta, buscando el borde del agua sin pudor alguno, escudados en la distancia a la otra orilla y en la soledad de dos. Ella puso su manta sobre la hierba regalando al universo el brillo de su piel y nos recostamos enroscados como dos serpientes retozando a la luz del sol, que era una caricia más entre las nuestras.
Mirando hacia donde está la gran urbe pensé en si quería volver y la respuesta fue no. Mientras compartíamos el silencio, ese que no es incómodo, la razón acudió sin ser llamada y me dejó entrever lo inevitable: volveríamos a la ciudad a seguir con nuestras vidas.
A pesar de esa certeza, el deseo intervino para sembrar la idea de que algún día volveríamos juntos a la laguna, paraíso romántico del amor sin prisa. Jamás ocurrió.
Antes de andar los pasos de regreso hacia la cabaña nos preguntamos si quizá esa era la rutina que deberíamos tener todos, sin correr, sin vivir para trabajar, sin comprar para sentirse mejor.
Busque cuanto antes un lugar alejado de la metrópoli donde logre entrar en contacto con la pureza del aire, con el agua, con los animales. Es más fácil de lo que cree.
Vaya con su amado o su amada, olvide lo demás y disfrute de ese otro ser. Déjese tocar, permita que le agarre con fuerza gentil de donde ella o el quiera, tómela o tómelo de donde pueda y no le deje ir. Atesore esos instantes, guarde en su memoria esos momentos que, aunque sean breves, si son honestos marcan como el hierro candente y enriquecen como nunca lo hará el dinero.
Suelte la rienda a las sensaciones y a la entrega sin preocupaciones. Conéctese con sobriedad, embriagado únicamente por la pasión y el goce. Beba un té caliente o un café para recibir la noche y poder seguir en lo mismo.
Vuelva a hacerlo, esta vez mas despacio.

