Aferrado con gentileza.
Dijo esto sonriendo, mirándome a los ojos unos parpadeos después de despertar y caer en cuenta de que habíamos dormido juntos, desnudos, abrazados, mimándonos sin ir más lejos que eso.
Ella simplemente me tomaba con ambas manos por el miembro atento a su tacto. Lo había bautizado entre libélulas con un nombre que no puede repetirse. Tenían una bonita relación, se entendían a señas, jugaban juntos y se trataban sin presiones, solo las necesarias. Me deleitaba dándoles su espacio y su tiempo.
Hicimos el amor sin prisa entre los cantos de copetones, gallos y mirlas, sin preocuparnos por nada más. Teniéndonos uno al otro durante la intimidad extendida por minutos que no se contaron. Nos derretimos juntos mientras la chimenea aún calentaba y los palos reventaban como nuestro eco, extasiados en el fuego que se reducía a brasas tras el amanecer.
Complacidos en la contemplación mutua dejamos que el tiempo transcurriera sin afán y no pude encontrar otro lugar donde quisiera estar ese instante.
Reímos como otras veces en el preludio de levantarnos sin pensar en la ropa. Nos abrazamos de pie para ver por la amplia ventana que enmarcaba la laguna, los Andes, el cielo abierto, las velas navegantes que parecían dibujadas sobre el agua.
Aunque hacía algo de frío, salimos a caminar envueltos cada uno en una manta, buscando el borde del agua sin pudor alguno, escudados en la distancia y en la soledad de dos.
Ella puso su manta sobre la hierba y nos recostamos enroscados como dos serpientes a la luz del sol, que nos acariciaba.
Mirando hacia donde está la gran urbe pensé en si quería volver.
La respuesta fue no.
Mientras compartíamos el silencio, la razón acudió sin ser llamada y me dejó entrever lo inevitable: volveríamos a la ciudad a seguir con nuestras vidas.
A pesar de esa certeza, el deseo intervino para sembrar la idea de que algún día volveríamos juntos a ese lugar.
Nunca ocurrió.

