La cita es de mi padre, con quien compartíamos del mismo plato una respetable porción de peto en leche con muchos pedacitos de panela que nos preparó mamá, tras haber dado de baja una caja entera de arroz chino. Almuerzo de parque en medio de la jornada laboral, en uno de esos tantos que se encuentran en la sabana calles más allá o más acá.
Hablamos sobre esta promiscuidad alimenticia mientras degustábamos plácidos, sin afán alguno, cada bocado de ese dulce color caramelo. En estas latitudes, sobre o a los pies de los Andes, hay tal profusión de ingredientes y creatividad culinaria, que es fácil probar con variedad, cantidad y calidad. Lo que le provoque lo hay. Y lo que no, también.
Mi progenitor reconoció que cuando el abuelo le dijo esta misma frase, él sí que se refería a hincarle el diente a la rubia y a la morena, y a la gordita o a la escasa de carnes, a la soltera y a la casada. Yo que era muy joven y demasiado correcto, tal vez no quise entender… pero eso cambió con el pasar de los calendarios.
O tal vez no tanto.

