Inmerso en usted mismo, no sea que al verse en el reflejo no sepa quién lo está mirando.
Así me dijo sin mayor asomo de desafío Don Jerome*, que es descaradamente franco y directo. Agradezco eso en las personas porque yo mismo intento serlo aunque a veces resulte difícil y cueste tanto.
Nunca lo había visto antes, pero todos los que estaban en el parque de los novios esa tarde hablaban con él como si fuera de la familia. Parece que vive por ahí cerca y lleva de paseo todos los días, aunque llueva, a su hermosa bóxer café de pecho blanco.
Es un jubilado joven, tal vez ronda los cincuenta. Son dos datos que lo convierten en algo parecido a un unicornio. Lo que dicen los asiduos es que trabajaba como ingeniero para la fuerza aérea, es un genio de la matemática.
Provisto como pocos de la capacidad de no hacer nada y no estresarse en el intento, se distrae conquistando o dejándose conquistar de cuanta desprevenida le da papaya.
Un tumbalocas, si se quiere.
Con él funciona lo de crear la fama y echarse a dormir, y también lo de poner la bala donde pone el ojo.
Volviendo a aquella tarde, el joven pensionado me disparó la pregunta porque yo estaba contemplando con una sonrisa a la perrita mientras él la acariciaba, y algo celoso se quedó mirándome como el bicho raro montado en bicicleta que en efecto soy.
Me detuve a pensarlo y, al no saber por dónde empezar, callé.
El hombre lo tomó como un desplante. Entonces torció la boca y se fue a hablar con la señora de los helados.
No supe qué decir.
Pensé en mi nombre, pero poco dice. Pensé en el lugar de donde vengo y me pareció lejano. Pensé en lo que hago y me quedó corto.
Lo dejé ir. Tal vez no esperaba una respuesta.
La perra vino hacia mí, le rasqué en la barriga con afecto, rápido hasta que movió la pata como si quisiera correr.
Tal vez ahí había algo.
O tal vez no.

