«el que no sabe es como el que no ve»

La cita es de mi abuela Rosita, que siempre ha puesto en su lugar a todo el que intenta burlarse de ella por vivir en otra época.

Me dijo esto por enésima vez mientras veíamos a un par de señoritas que ofrecían para la venta a los transeúntes las célebres cobijas de tres tigres.

Tras una transacción fallida, las chicas con dificultad intentaban doblar una de las mantas y, evidenciando su falta de práctica, estaban vueltas un ocho.

Allí de pie me divertía la escena, como a varios peatones, porque en pleno ventarrón de esa hora en que cae la tarde, la 72 parece un túnel de pruebas aerodinámicas y estos dos lindos ejemplares de la belleza rola no podían con sus falditas y con la mercancía al mismo tiempo.

Mi abuelita, que me mira como quien ve a un cachorro con la lengua afuera, recordó la época en la que vendíamos en cualquier plaza de Colombia unos manteles muy bonitos, decorados a mano por nosotros mismos.

Cada uno de los integrantes del equipo gitano – podíamos ser hasta cinco en acción – atendíamos a la clientela transeúnte mostrando la mercancía y luego doblábamos con destreza los vestidos de mesa sin ensuciarlos ni un poquito, porque casi todos eran blancos inmaculados con florecillas de todos los colores.

Los compraban como pan caliente.

Ella sabía todo lo que necesitaba saber.