Piénselo en un parpadeo, y considere la ignorancia como una de las virtudes que existen.
La cita es de mi abuela Rosita, que siempre ha puesto en su lugar a todo el que intenta burlarse de ella por vivir en otra época.
Me dijo esto por enésima vez mientras veíamos a un par de señoritas que ofrecían para la venta a los transeúntes las célebres cobijas de tres tigres.
Tras una transacción fallida, las chicas con dificultad intentaban doblar una de las mantas y evidenciando su falta de práctica estaban vueltas un ocho.
Allí de pie me divertía la escena, como a varios peatones espectadores, porque en pleno ventarrón de esa hora en que cae la tarde, la 72 parece un túnel de pruebas aerodinámicas y estos dos lindos ejemplares de la belleza rola no podían con sus falditas y con la mercancía al mismo tiempo.
Mi abuelita que me mira como quien ve a un cachorrito con la lengua afuera, recordó la época en la que vendíamos en cualquier plaza de Colombia unos manteles muy bonitos, decorados a mano por nosotros mismos.
Cada uno de los integrantes del equipo gitano – podíamos ser hasta cinco en acción – atendíamos a la clientela transeúnte mostrando la mercancía y luego doblábamos con destreza los vestidos de mesa sin ensuciarlos ni un poquito, porque casi todos eran blancos inmaculados con florecillas de todos los colores.
Los compraban como pan caliente.
Apenas dijo ella lo que dijo, me acordé de un ex-amigo que juraba con la mano sobre las escrituras el romance a toda prueba entre el y su amada.
Ya ni el saludo por allá, porque se supo en un punto que ella le había montado una cornamenta enorme conmigo, en un momento en el que yo no sabía que era su novia de él.
Resultamos compartiendo, inocentes, y nos convirtieron en el equivalente masculino de unos hermanitos de leche.
Cuando todo se develó, el hombre prefirió darle crédito a la versión que su amada le dio, y ella quedó virgen de nuevo mientras yo merecí otra vez ir a las pailas del infierno.
Seguí con la abuela caminando en dirección contraria a los cerros y me despedí de ella cuando llegamos a la Caracas. Ella se quedó donde tenía su cita y yo continué un poco mas abajo donde encontré un lugar para comer con vista a la calle mientras la esperaba.
Cómo serán las cosas de la energía circundante, que cuando estaba en medio de la contemplación a través de la gran ventana que enmarcaba la noche en su llegada, una pareja se detuvo a un lado dentro del cuadro.
Se abrazaron y mientras ella parecía transportada a otro plano de la existencia, el dijo adiós con una de sus manitas a alguien que iba a pasar la calle. Cuando me fijé, era una chica que pícara le mandaba besos mientras reía, de esos que se ponen en la palma de la mano y se soplan.
Seguro que son felices los cuatro, como lo fui yo también de saberme conocedor de la verdad oculta.
Si le pusieron los cachos con un amigo o amiga seguro que dio papaya. Aunque la culpa de una infidelidad siempre la tendrá el que la propicia. Si se los pusieron y ni se enteró, hasta mejor, siempre será incómodo enterarse de esas cosas.
Ahora, si no quiere saber de cachos, sólo le queda estar solo que siempre será mejor que mal acompañado, o tener una relación donde la posesión mal asociada a la monogamia no esté implícita. Hay que valorar y cuidar lo que la libertad le ha regalado.
Cuando de peleas de pareja se trata, también es mejor la cautela. Detenerse por completo antes de ir a abrir la boca, porque casi seguro dice algo y queda al final como un sapo o pagando lo que no se comió.
No se angustie por no saber, la ignorancia es una fortaleza digna de quien no tiene prisa. Recuerde lo que decía Cantinflas con toda la boca llena de ironía: «Pero oiga, mire no más, que falta de ignorancia!» mientras alababa entre líneas la sabiduría de la calle, de los presuntos analfabetas quienes nos recuerdan que todos en parte ignoramos algo.
No saber es una oportunidad. Justo cuando se reconoce no saber cómo hacer algo, resulta que es el mejor momento para comenzar a aprender cómo hacerlo.

