«entre mas duermo, mas sueño me da…»

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Piénselo bien despierto, que si se descuida pierde este breve instante del tiempo en el que puede ser consciente de lo que está haciendo.

La cita es de Cata*, una chica en edad universitaria que goza inadvertida de todas las bondades de su juventud, llena de belleza, dulzura y un mundo por delante.

Dijo esto en medio de su charla que es como un radio encendido a decibeles altos, eso mientras uno tenga la suerte de encontrarla despierta.

La lucidez es singular en ella, ya que no pierde la menor oportunidad de tomar la siesta en cualquier momento o lugar.

Si bien nada le afana en la vida, por lo cual es admirada especialmente por su grupo de amigas, esta preciosa mujer lleva todo a extremos insospechados. Los médicos le descartaron la narcolepsia, pero ella va cayendo sin importar la postura del cuerpo en cuanto la ignoran un minuto o está quieta por más de dos.

Para sazonar su condición, sólo se esfuerza en vestirse, maquillarse y verse al espejo. En su casa no recoge los pantys de donde se los quita ni lava nunca el vaso o el plato donde comió. No hace su cama y le han visto sentada sola en el comedor que está a pasos de la cocina, esperando que alguien le sirva un vaso de jugo.

Quiere que le hagan todo, y en efecto se lo hacen. No le falta quien recoja su desorden y le sirva, como hacían las doncellas en la edad media con sus ladies.

Papi y mami le mantienen la cartera con billetes y la tarjeta disponible, mientras ella simula estudiar sólo por la diversión y por pasar los días porque en esa cabecita suya no ha calado la idea de trabajar y mucho menos de mantenerse.

A pesar de ello, con algo de inocencia, sus padres que la adoran esperan el día en que se independice a ver si va a poder con todo. Aunque en el fondo probablemente deseen que el día nunca llegue. Quizá sueñan con que se case, para endosar la obligación de andar detrás de ella cuidando que no tropiece y caiga en una zanja.

Cierto es que Cata no debe tener ni idea de lo que sentar cabeza puede significar, o de lo que emanciparse puede traer consigo. Dicen que es malcriada, pero para mi que lo trae en los genes.

Caminábamos sobre la séptima por la cuarenta. Ella tenía clase de nueve en pleno sábado y yo la compadecí, aliviado de poder hacer nada si así lo quería. Me entretenía con sus bromas y con su forma pícara de decirlo todo, embelesado con sus labios provocativos. Caí en cuenta de que tanto hablar y hablar con esa voz suya, resultaba suavemente sedante.

A pesar de su atractivo yo no saldría con ella más de una vez al año. Es divertida, pero su peste del sueño sacada de la novela de Gabo es contagiosa y no quiero sufrir de ese mal que me privaría de lo importante. Me aterra esa vida de palabrería superficial la mitad del tiempo y plácido sueño la otra mitad.

Nos despedimos cada uno a lo suyo y yo encantado la vi alejarse con esa cadencia femenina parado en la esquina. Luego mirando a un punto fijo durante unos minutos conté los colores de cientos de autos que pasaron raudos frente a mi, y sentí la cercanía ausente de personas que por fortuna me rozaron sin determinarme.

Después sentí deseos de caminar. Lo hice, y solo minutos después de recorrer mis pasos la volví a encontrar sentada en una silla bajo una sombrilla, en una de aquellas terrazas de los bares que sirven de amparo a estudiantes amanecidos o evadidos de clase.

La acompañaban cinco chicas parecidas a ella, que reían a carcajadas y hablaban gritando con sus voces chillonas, como lo hizo ella conmigo antes. Obvio, esta lindura ya se hallaba ausente, en los brazos de Morfeo.

Seguro, ya no iría a clase, pero eso a ella ni le quita ni le pone. Creo que hará una carrera de doce años y será otra de esos «profesionales» que hacen honor y celebran la mediocridad porque es lo único que conocen.

Pensé en otras personas que también duermen a toda hora, o que van por ahí como sonámbulos sin prestar atención, sin sentir, llevados por el aliento de los otros en medio de la manada, todos hacia un lugar indeterminado. Me quedé con la idea de por qué no salir de la fila.

Se nos ha convencido de que la única vía es avanzar a pasos agigantados, consumir más, comprar más, ir más rápido detrás de la utopía de ir más lejos. Aunque no se puede en contra de lo inatajable, sí hay tiempo y espacio para recapacitar.

En muchas cosas deberíamos volver a lo básico. ¿Cuánta basura hago cada día?. ¿Cuántas cosas pasan frente a mi nariz sin darme cuenta?. ¿Qué estoy haciendo?.

Si se la pasa dormido o es sonámbulo, lo siento por usted. Valdría más aprender el valor de estar despierto y conectado con lo que ocurre a su alrededor.

Todos somos hacedores de nuestra realidad, pero si se permanece a ojo cerrado o metido de tiempo completo en la fantasía del social media o la TV, el absurdo de este mundo tan bello nos consumirá llevándonos a todos al momento final en que nos perdamos de lo que hay, sin remedio.

Eso nos pasa por ir tan rápido, sin pensar cómo ni para dónde.