«qué le provoca al bebé»

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Piénselo dejando atrás el pasado y sin preocuparse por el futuro, vale la pena aferrarse?

La cita es de la novata mamá de Pedro de Jesús, que está en su cumpleaños número dos. Su nombre de abuelo se lo debe a su padre que es Pedro y a su madre que es de Jesús.

El pequeño goza tirado ahí en el colchón qué le pusieron sobre el césped, cubierto por una sábana repleta de osos amarillos qué señalan con el dedo, al igual que él, todo lo que les rodea.

Mamá lo dijo buscando alimentarlo nuevamente, dándole el pecho que le brinda su riqueza y que el pequeño recibe gustoso atinando de primera a la fuente vital. Ella dice que es un retoño «tragoncito», lo que es evidente al ver la avidez con que succiona y el frenetismo con que bebe del pezón oculto entre sus cachetes redondos y rosados.

La madre primeriza prefiere mantener su identidad oculta porque pende de su alma una culpa que le avergüenza: le fue infiel a su marido antes de andar en las labores maternales y el la pilló. Podemos estar seguros de que su pena es haber sido descubierta, ya que para ella obviamente fue lo único que salió mal de la aventura.

Lo hizo a conciencia, lo disfrutó y amparada en el perdón de su cónyuge siguió con su vida casi sin traumatismos. Reconoce que la sacó barata. Ahora absuelta y rehabilitada, sin sufrimiento, se dedica a criar al pequeño hijo de su padre, que como casi todos los bebés inspiran una sonrisa y un sentimiento que puede hacer reflexionar a cualquiera sobre la vida y sus aristas.

Hablamos con ella durante el amamantamiento en aquella tarde soleada sobre la esperanza que muchas veces rodea a los neonatos. Charlamos acerca de cómo padres e hijos tienen la capacidad de formar un vínculo indivisible desde los tiempos del ruido. Sobre cómo unos y otros se pueden convertir en el turbo del motor y en el eje central.

Me decía ella con todos los dientes de su hermosa boca que todos somos responsables de vivir nuestras vidas lo mejor posible mientras con el ejemplo les enseñamos eso mismo a los niños, sin querer en ningún momento vivir la vida por ellos porque eso no se puede.

Coincidimos en que atenderíamos, y compartiríamos con los oídos que quieran escuchar, las palabras de un hombre sabio que rezan: «todos debemos ser alumnos, compañeros y maestros», particularmente en la labor de educar hijos y en general con todo el mundo en cualquier contexto.

Esta mamita bella y sensual que fácilmente podría engañar a su marido otra vez y quizá ya no querría ser perdonada, que sabe por experiencia sobre la posibilidad latente de que todo puede ocurrir cuando uno menos lo espera, me dijo también que disfrutaría de su hijo, sangre de su sangre, hasta cuando se lo permitiera el destino. Que ruega cada día no olvidar nunca el privilegio de poder compartir con esa prolongación de la existencia sin importar qué, en las buenas y en las malas.

Recalcó en que espera ser persistente ya que ellos no se quedan así tan bebés, tan lindos, tan abiertos. Porque con el tiempo ellos se convierten en alguien más, en una evolución que no para de sorprenderlos a ellos mismos y a quienes llegaron antes. Aveces se convierten en alguien insoportable, la mayoría de las veces en alguien admirable.

No hay manual para ser padres, pero ella hubiera calificado como pocos lo hacen para esta tarea. La cadena hilada a través de los tiempos simplemente continúa a pesar de que algunos no sirvan para traer gente a este mundo.

Contemplamos a los niños y niñas que vinieron a ver al bebé satisfecho sobre la sábana de osos amarillos, los vimos mientras se hablaron y se conocieron entre sonrisas, eran pequeños de los que todavía no hablan fluido el español y se entienden más a señas y a gestos. Jugaron con el, haciendo uso provechoso de la capacidad que todos tenemos para maravillarnos.

Ellos podrían ser la última esperanza cuando todos nos demos cuenta de que llegó la hora de aprender a desaprender. Son material que aún no ha sido contaminado por la banalidad, libros abiertos con hojas en blanco y capítulos por escribir.

Nos miramos con ella, ilusionados en que apelando a la humanidad pudiéramos quitarnos un montón de equipaje de sobra para ser tan felices como los pequeños. Se ve difícil, pero no es imposible.

Los niños y niñas que sufren en este planeta lo hacen por cuestiones ajenas a ellos, siempre impuestas por otros o por su entorno, porque la infancia representa la capacidad innata de ser feliz sin necesitar mucho. Lo traemos en los genes, pero lo perdemos cuando nos absorbe la civilización.

* * *

Para el que está pensando en procrear haga lo que dice la abuela: cómprese una planta y mire a ver si le sobrevive al menos dos años. Si la planta florece, entonces adopte una mascota a ver cómo le va. Si sube de nivel y el animalito está gordito y usted está contento con el, es probable que tenga lo mínimo que se necesita.

Si no quiere tener hijos, planifique. En ningún momento de la historia ha sido más fácil evitar concebir que ahora. No hay nada que lo obligue a reproducirse si no está seguro o no quiere. De hecho muchos, muchísimos, no sirven para el trabajo tan difícil que aquello implica.

Puede ser que no le gusten los bebés, a lo mejor solo los ajenos y muy de vez en cuando. Eso también es normal y más común de lo que algunos quieren creer.

Al que le suceden hijos pequeños o ya crecidos no olvide amarlos sin prisa, con toda la paciencia que pueda y dé ese ejemplo para que ellos puedan hacer lo mismo mañana, si así lo quieren.

No olvide por nada la importancia de rescatar al niño que llevamos adentro, hay que arroparlo, escucharlo, entenderlo, darle lo que le faltó, aprender de su inocencia y sus errores, enternecerse con el, jugar y contemplar la maravilla que nos rodea a pesar de todo. Déjelo salir, déjelo ser. Lo hará una mejor persona.

Los peores individuos son aquellos que olvidaron que fueron niños y que siempre podrían serlo.

Desacelerar y enseñar a hacerlo es la mejor herencia.