«por enamorarse, otra vez»

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Piénselo sin importar cual es su gusto o su anhelo, qué sería de cualquiera sin su complemento?. No me malinterprete si su contraparte ideal es usted mismo, la decisión de estar solo es tan valiente como la de caminar el sendero acompañado.

La cita es de Miguel*, que ha recomenzado su vida varias veces por desamor. Podría parecer alguien sin rumbo, pero en realidad hay pocos que la tienen tan clara.

Cada que pulsa el botón de reinicio elige un oficio dispar al anterior, aunque siempre acorde a su idea de hacer algo diferente a lo que dice su diploma de profesional, que reposa en algún cajón de la casa de su mamá.

Sé que ha sido intérprete de mandarín, chef de comida rápida, vendedor de planes turísticos, instructor de natación para bebés y testaferro de no se quien.

Dijo esta frase mientras estábamos con ambos pies en el suelo y el marco de aluminio entre las piernas, sobre el separador de la calle 26, por donde va la cicloruta, con la vista puesta en los andes al oriente que recibían la luz de la tarde.

Era el epílogo de la narración de su historia más reciente de amor fallido. Sus exparejas lo han maltratado, lo han engañado, lo han dejado.

Sin ser mujer ni tener una idea precisa de lo que buscan, doy fe de que es un buen hombre, honesto, monógamo serial, entregado a quienes han pasado por sus brazos, sin vicios diferentes a los de cualquiera, sujeto al motor del mundo: el amor. Se diría que puede ser buen consorte para quien lo quiera de veras.

Sin embargo le han pagado su nobleza con el olvido, y en su dolor mezclado con resiliencia siempre ha resuelto cambiar todo de raíz, se va a vivir a otro lado, busca nuevas distracciones, se cambia el corte de pelo y cambia la barba por un bigote, compone otro guardarropa, adquiere otro acento.

Aquella tarde que charlábamos en medio de la llovizna que caía tímida en simultánea con el sol, anunció que se presentaría al día siguiente para comenzar su nuevo trabajo como conductor de camión.

Me contó que le entusiasmaba ir de un lado al otro, en particular a la velocidad que van los camiones por la carretera porque permite ver todo el entorno en detalle. Es de los nuestros, va sin prisa.

Cuando terminó su relato trágico le dije que intentara con los hombres. Me miró como si le estuviera proponiendo algo y se dispuso a partir.

Entonces una jovial mujer en su bici color rosa pasó lentamente frente a nosotros y le soltó un piropo: «estás hermoso, como un gatico mojado».

Dado que no es novato ni mucho menos rogado, la detuvo por el brazo y se saludaron como cuando se reencuentra a alguien que no se ha visto en muchos años. Resultó que en efecto se conocían de la niñez, y yo allí testigo nuevamente de las posibilidades que se dan para ser tomadas, preferí dejarlos. Meses después supe de su boca que la ha llevado en el camión de paseo por el cielo.

El pedaleo me llevó instintivamente hacia el lago del Simón, pero caí en cuenta que podía dejarlo para el día siguiente, de mañana, así que tomé la Boyacá hacia el norte, distraído por la sombra del hombre en dos ruedas que se pintaba en las paredes gracias al naranja de la hora en que el astro rey cae por la sabana.

Era muy agradable, ya había cesado la llovizna, y me invadió la sensación de que siempre hay un después, y con ello una nueva oportunidad.

Cualquiera que sea su motivo, su inspiración, su recuerdo al despertar, si quiere cambiar su vida puede estar seguro de que con decisión y paciencia puede lograrlo. Dentro de usted está la fuerza para recomenzar, a muchos nos ha tocado ya desde cero.

El primer paso es bajar la velocidad para poder dar un vistazo atrás al camino recorrido, seguro que hay cosas que valorar. Tal vez haya que llegar a detenerse para tomar distancia e intentar verse a sí mismo con otros ojos.

Hágase pasito, comience por desacelerar, ahora.