Sin asustarse. Por ahí, más cerca de lo que cree, un clon suyo camina la faz de este planeta.
La cita es de Valerie*, con quien tuve un sueño casi erótico aquella noche. Me habló de su síntoma visual, ese que aparece en algunos intoxicados, legales o no. Según ella, acababa de verme echándole piropos a una morena. Era mi doble, por fortuna. No es recomendable que alguien conocido lo vea en esas, menos si es mujer, y mucho menos si es su cita.
Yo también los he visto. No el mío —a ese no lo quiero ver—, sino los de otros. Siempre dejan una sensación extraña, como si algo no terminara de encajar del todo, como un déjà vu que se repite sin aviso.
Una vez vi al de una exnovia. Igual a ella cuando la conocí. No era ella, claro, pero recordé por qué me gustaba tanto. Hay algo inquietante en esa cercanía, en esa posibilidad de que alguien camine por ahí con su misma cara, con variaciones mínimas, como si el mundo se permitiera repetir ciertas formas.
Cuídese de la gente doble, que no es lo mismo.
Y no se crea del todo lo que le arma la cabeza mientras duerme, menos si son sueños eróticos. A veces los sueños se quedan en eso. A veces no.
No se afane.

