«Quién se sienta a mi mesa»

a close up shot of a cow

Me pareció un tipo normal: usaba sombrero, camisa abierta hasta el esternón y un poncho.

Llevaba unas gafas de sol, como las que usan los ciclistas, y me pareció más bien fantoche con el palillo de madera entre los dientes que se movía mientras gesticulaba.

Pronto llegamos a su hacienda. Era un lugar enorme. Cuando comenzó el camino de tierra con piedras de río en el centro, solo había una alfombra verde interminable hacia donde mirara.

Anduvimos en tres carros durante largos minutos, y por fin se vislumbró la casa con sus tejas de barro cocido. Era un palacio campestre, con una piscina en forma de flamingo.

Creo que así se llamaba el lugar.

En un momento solo veía hombres. Entre escoltas, lavaperros e invitados no había una sola mujer. Esto cambió con el paso de las horas, pero antes de que comenzaran a llegar las féminas – que venían a trabajar – se armó el alboroto para la preparación de la mamona.

Mientras la traían del campo, nos paramos en la ribera de una acequia que pasaba por detrás de la casa y alguien sacó un arma para tirar a un blanco del otro lado.

Disparamos todos.

Lo había hecho antes. No dudé. Quité el seguro, monté y apreté el gatillo. Le di al árbol que indicaban con el dedo. Desocupé el proveedor. Todos estaban eufóricos.

Pocas cosas te hacen sentir tan poderoso.

Llegó la ternerita y, en cuestión de minutos, le habían dado muerte, despellejado y convertido en piezas. Lo vi todo acompañado de otros nueve testigos.

La leña estaba lista y el hambre también.

Terminada la carnicería, apareció el dueño de casa. Resplandecía con oro colgando del cuello y las muñecas, acompañado de una negra bellísima.

Disfrutamos de la carne, las papas con ají y los maduros con mazorca, y de la cerveza. Otros se colgaron de las botellas de Old Parr que fluían sin parar.

Al caer la noche, el sitio se engalanaba con la presencia del alcalde, el cura y otras eminencias. En el salón el ambiente estaba pesado, con ebrios que decían a gritos bromas terribles y carcajadas que me sacaron corriendo.

Me salí para el patio y ahí estaba un hombre joven, solo, fumando a contraluz, viendo hacia la oscuridad del llano.

Me acerqué a él y comenzamos a hablar.

Resultó ser el hermano del anfitrión.

«No me gusta la gente que grita», dijo. «… el señor José María no gritaba, me caía bien, mi hermano lo señaló con el meñique, donde usa el anillo de azabache, y no lo volvimos a ver».

Llevaba varias polas encima. Eso bastó para querer alejarme de ese sujeto. Si hubiera tenido mi propio auto, me habría ido de ahí en ese momento.

La noche se fue entre el miedo hasta que alumbró y alguien se apiadó de mí. Me ofreció sacarme de allí.

Las botellas y la música seguían corriendo.

Nada parecía fuera de lugar.

Tampoco yo.

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