El sol abrasaba furioso y algunas de las mujeres, dotadas de la sabiduría y la fuerza para manejar una pala, una cuatrimoto o un camión, repartieron aguadepanela con limón, fría.
Se sentaron todos, resguardados por las alas anchas de sus sombreros, a ver la cantidad de tierra que habían movido ya de un lado del camino al otro.
Una volqueta venía cada tanto y descargaba colinas pequeñas de tierra negra a cierta distancia, hasta que todas se alineaban siguiendo las curvas del camino.
Cuando ya no llegaron más viajes, este grupo de hombres y mujeres, cerca a los veinte, que parecían hermanos entre ellos, con los mismos ojos, las mismas manos y la misma sonrisa, acudieron como hormigas a deshacer las colinas de tierra negra.
Les prometieron hace doce años que les iban a ayudar a adoquinar la calle principal de su barrio y recién hace tres meses un sábado llegaron cuadrillas de ingenieros en camionetas 4×4 y tomaron medidas, selfies, cafés.
Después de almuerzo no había por donde pasar porque había más camionetas que espacio.
Aún quedan dos o tres de esas colinas medio deshechas. No faltan los vecinos que se demoran en colaborar.
Pero en los casi novecientos metros que tiene el camino desde la entrada del barrio, en la curva, hasta los muros de la hacienda club ahora hay al menos el espacio para dos carriles angostos.
En algún momento tendrán adoquines grises, con piezas azules y rojas demarcando la separación de los carriles.
La señora me dijo que la demora es que lleguen.
Ellos mismos los van a poner.

