«que susto»

Atento. Muestra los dientes.

Nos bajamos del bus en un lugar que desconocíamos por completo, el destino estaba a minutos según el mapa, pero la ruta nos dejaba ahí, bajo un puente peatonal en un punto completamente ajeno, sin un alma cerca, a plena luz del día en el norte de Guayaquil.

Cuando se abrió la puerta y puse el pie en el asfalto lo vi venir de la nada, medio agachado, con la decisión que infunde el miedo.

El blanco desorbitado de sus ojos abiertos como platos en la cara sucia bastó para entender sus intenciones, y todo empeoró cuando el brillo del arma escondida en su mano lo puso en evidencia y nos quedamos frente a frente.

Quedé petrificado y supe que también dudaba, no se acercó.

Ella se puso detrás de mí, sentí su mano tomarme del pantalón en la espalda baja.

Supe que no permitiría que se aproximara más.

Yo no podía quitarle la vista al sujeto, pero ella estaba inquieta, me soltó, y escuché su voz precisa, como de ángel:

«Vamos.»

Volví. Entre autos que pasaban veloces uno se detuvo cuando ella le puso la mano, ni siquiera era un taxi, pero se detuvo y nos abrió la puerta.

La seguí y de un brinco estábamos sentados, como si lo hubiéramos ensayado antes. Cerré la puerta sin dejar de ver por el vidrio posterior al hombre, que se quedó ahí, en posición de ataque con los dientes apretados por la rabia de vernos escapar.

Allí sentados, nos acurrucamos juntos sin decir nada.

Y nos alejamos, mientras por dentro agradecía con el alivio de dejarlo atrás.