«mis muertos, tus muertos»

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Piénselo: la parca no distingue.

Descalzo, miraba sus pies heridos mientras avanzaba por el bosque de eucaliptos camino a Sesquilé, la noche ya había cubierto los filos de los cerros y las piñas invisibles le molían los dedos con cada paso.

Comenzó a temer que encontraría algo inesperado por el camino. Cosa rara, porque el miedo le es ajeno. Nadie en la familia sufre de miedo, ni ellas ni ellos. Ni siquiera cuando vienen los otros de aquí, desde el norte o las planicies, a hostigar con sus viejas pretensiones de disputa y ánimo violento. A veces a los golpes, a veces peor.

Esta vez, su temor se convirtió de repente en un calambre que le subió desde la espalda baja, pasó por el costado y se le enroscó en el pescuezo hasta dejarlo sin aire. La cabeza no respondía, solo los ojos se movían, buscando los ojos que lo estaban viendo desde las sombras.

La pregunta desde la nada lo atravesó

«¿Por qué estás aquí?.»

La voz retumbó en sus sienes, al ritmo del corazón acelerado que tumbaba como en el baile del solsticio. Apenas murmuró

«Muéstrate.»

Y el bosque se detuvo en un instante como en el que se toma una bocanada de aire, solo hubo silencio y la luna abrió un claro apartando el velo.

Primero brillaron las lágrimas que decoraban su tocado y enseguida sus ojos que, en un parpadeo, estuvieron frente a su cara, y lo vieron de frente.

Eran los ojos de su madre, los de la madre de su madre, los de la abuela del abuelo y los de presencias más antiguas que no tienen nombre.

Ahí vio que con ellas, estaban su padre y los ancianos de los otros de aquí, junto al abuelo de su abuelo y varios más que no supo de dónde eran.

Todos estaban allí, hablando, intercambiando cosas nunca vistas, enseñando que somos parte de un todo y nada nos pertenece.

Nadie hería con palabras ni con actos y todos eran como querían ser.

Recordó entonces lo que le dijo su madre desde que era un niño y aprendía a pescar

«Somos cuidadores.»

La aparición le puso un dedo en medio del pecho y él sintió el frío del páramo acercarse a su corazón, y volvió al presente.

«No te traje a ver la muerte, sino a que veas lo que no puede borrar»

Ella no lo llevó ese día, no era su hora.

Decidió entregarle en un suspiro la madurez necesaria para enseñar a los vivos que no tiene sentido entrenar guerreros cuando ninguna razón justifica pelear.

Si no crío hombres y mujeres para la guerra, los puedo criar para la paz.

Le impregnó la certeza de no entrar en la tierra sagrada ajena, salvo que sea a llevar regalos.

Que el respeto nace de aceptar la diferencia.

Que la diferencia es verdadera riqueza y destino.

Ya no vio sus ojos aterradores, pero la oía caminar por entre los troncos y luego deslizarse sobre el follaje como una serpiente muda que mezclaba su exhalación antigua con el olor a bosque.

Su atrevimiento tentó su suerte.

«¿Quiénes eran los demás?»

Ella se detuvo otra vez.

Su aliento le tocó en la nuca y su voz se clavó detrás de sus orejas.

«Hay de ustedes, como estrellas en el cielo, o insectos en el fango. Solo son personas.

No más.

No menos»

Y ya no la oyó porque se desvaneció sin despedirse.

No volvió a verla hasta muchos años después, la tarde en que uno de los rostros que había visto en aquellos ojos inevitables – y que entonces no reconoció – entró a su hogar a la hora de la siesta.

El ruido metálico le despertó y vio al hombre extraño, de pie a contraluz. No era de los suyos ni de los otros de aquí.

Su cuerpo resplandecía como el oro de las ofrendas, tenía plumas desconocidas en la cabeza, y algo en su brazo, muy delgado y alargado, que se movía con la ligereza de algo no mundano.

No lo mató con ira.

Lo atravesó por el abdomen como quien aparta una roca del sendero con un palo.

Su vida se derramó sobre el suelo limpio.

Y entonces fue un muerto que no le importó a nadie, y recibió el olvido, que es la verdadera muerte.

Igual suerte tuvo su asesino tres días después, degollado por uno de los que vino con él, cansados tras una tarde en la que ambos – y algunos más – usaron sus hojas de metal contra las familias de ahí, y contra las de los otros cercanos también.

Su orden era borrar cualquier vestigio de su existencia.

***

Aquel día del encuentro, él había caminado horas en una suerte de trance, como el de los viejos que hablan con los antepasados.

Cuando volvió en sí, todo su cuerpo divagaba más que su mente.

No sabía bien dónde estaba ni recordaba para dónde iba, hasta que las aves lo guiaron con sus cantos y retomó el camino que pasa cerca del desvío a la laguna.

Alumbró el alba y el agua fue la primera en recibir la luz.

Él la siguió.

Cuando sus pies la encontraron, entró en ella y se lavó completo, como cada día.

Porque de ella somos.

Al llegar donde los suyos, comprendió que tenía otra oportunidad, y que no era su vida la que continuaba, era la memoria buscando un cuerpo.