Piénselo: también le han querido ver la cara.
Es difícil llegar a aceptar cómo el tiempo parece borrar lo imperdonable. Cómo la memoria colectiva, tan frágil, permite que los victimarios sobrevivan, a veces sin un rasguño.
Desde el cinismo, hay quienes se pintan como mártires, queriendo justificar sus propias decisiones. Culpables que, después de arrebatarlo todo, se reprochan a sí mismos solo el hecho de haber sido descubiertos.
Como si el arrepentimiento ausente pudiera disfrazarse de olvido. Como si no supiéramos, pese a todo, que es tan peligroso el acto vil como lo es su justificación.
Pasó con el verdugo de la mujer que aguantó demasiado. Ella creyó, como muchas, que resistir era parte del amor. Pensó que su silencio la protegía, hasta que una noche entendió que, si no huía, la mataban. Y huyó, pero ya era tarde. Él la siguió, como suelen hacerlo los que no toleran perder el control, y la asesinó.
Hoy él dice que fue un error. Que no lo recuerda bien. Que fue un accidente. Que encontró una fe que le dio el perdón y la paz. Y aún respira, como si el derecho a respirar no se hubiera perdido el día que le quitó el aliento a ella.
También pasó con el político. Aquel que subió al poder prometiendo orden, justicia, patria. Que hablaba al pueblo como un padre que lo sabe todo, sonriendo frente a las cámaras, mientras por detrás firmaba decretos que abrían paso a la muerte. Que orquestó desapariciones, saqueos, exterminios.
Hoy lo entrevistan comitivas de aduladores en su casa, viejo, con una biblioteca detrás y una sonrisa tibia. Niega todo: “No lo supe.” “No fue tan grave.” “Era necesario.”
Y hay quienes lo aplauden. Porque algunos no soportan perder a sus ídolos, aunque estén bañados en sangre.
También pasó en otra gran historia, una que dura siglos y que, en contraste, es la menos conocida y también la más negada. Involucra a millones en los cuatro puntos cardinales y empieza con barcos ataviados con estandartes de las únicas verdades. Con mapas trazados a su conveniencia, tierras repartidas sin contar con quienes las habitaban.
Esa historia vio la formación de esos imperios que llamaron conquista a la masacre, civilización al despojo, evangelización al apagón de mundos enteros. Y ahora, siglos después, la indignación aparece si se osa mencionar la palabra genocidio, aunque esté pasando hoy frente a las narices de todos.
Alegan que ya pasó. Que eran otras épocas. Que no se les puede culpar por lo que hicieron sus ancestros. Celebran sin pudor cada vestigio de sus descubrimientos: los museos, los apellidos, los idiomas y credos impuestos.
Encima, exigen que se supere el asunto de una vez por todas y que no se olvide el deber de agradecimiento.
La herencia que recibieron sus conquistados es la condena a luchar por salir de esa asquerosa Edad Media oscura, fanática y feudal, de la que salieron despavoridos con el derecho divino de repartirse las riquezas de otros. Con esa visión estrecha del mundo que impusieron a la fuerza desde entonces y que ha pasado a la memoria a través de las generaciones siguientes hasta hoy.
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Eso es lo que desgarra: no solo es la maldad, es la mascarada que viene después. La pose de inocencia, la narrativa invertida, la teatralidad con la que el culpable se reinventa como víctima.
Ya sea el hombre abusivo que golpea hasta matar, el líder sin escrúpulos que firma la muerte a distancia, o la nación que se hizo obscenamente rica sobre la pobreza que dejó al irse de sus colonias.
Prevalece la misma escena. ¿Aprenderemos? ¿Reaccionaremos?
Triste es que, más allá del crimen o de hace cuánto se cometió, haya una increíble cantidad de gente espontáneamente dispuesta a justificarlo, maquillarlo, explicarlo, envolverlo en eufemismos para que no duela tanto mirarlo de frente. Colectivamente, nos hemos vuelto expertos en esa farsa.
Estos y otros terribles horrores, como la guerra misma, no ocurren en un vacío. Ocurren con público. Con cómplices pasivos. Con gente que mira para otro lado o que, peor aún, encuentra razones para no incomodarse.
Se dice que el asesino era un buen muchacho, que algo debió haber hecho ella para provocarlo. Que el político es un semidiós y no hay nada que perdonarle. Que la colonización es necesaria bajo el rigor de la conveniencia y que el deber del colonizado es someterse hasta cuando sea pertinente.
Y así, una y otra vez, la afrenta encuentra refugio en esas bocas. Cuando la culpa se reparte entre muchos, deja de sentirse como culpa y se transforma en costumbre.
Lo que debería doler, se normaliza.
Es cierto también que, en muchos aspectos, ya no hay nada que hacer. Los muertos ahí quedaron, el saqueo fue un éxito, y lo que se podía perder, ya se perdió. Pero no se entiende cómo es que hay que, supuestamente, quedarse ahí, permanecer servil, ciego, en la adoración al dueño de turno del gran feudo disfrazado de modernidad.
No podemos ser las mismas personas de hace siglos como para simplemente aceptarlo.
En la negación compartida, tolerar el crimen se vuelve tradición. Callar no es neutralidad, es complicidad. Nadie puede estar a salvo cuando el daño se celebra, se niega o se justifica.
Hay que dudar: hasta las verdades más arraigadas pueden llegar a ser rebatidas. ¿Acaso a alguien le importa?
Ojalá no terminemos al final dándonos cuenta de que, como humanos, no es que no supiéramos: fue que elegimos no saber.

