Piénselo: mirarse a los ojos suena como algo sencillo, pero ¿es algo que puede hacer cómodamente con usted mismo?
Nuestra forma de ser corresponde, en buena medida, a lo que recibimos del entorno en nuestros años mozos. Sin embargo, la mayor parte de ese «ser» emerge y perdura en el mundo interior de cada quien.
Todos atravesamos la incesante lucha por conectar con lo que está fuera de nosotros: la naturaleza, el conocimiento, la empatía hacia las vidas paralelas a la nuestra —incluso más allá de lo humano—, el espejismo del social media, la obra colectiva de la humanidad.
Inadvertidamente, cada uno carga con su propia visión, sensaciones, temores, metas y desvaríos.
Sembramos en la tierna juventud las semillas que nos fueron dadas y, sobre esas convicciones heredadas, edificamos nuestra propia forma de entender el mundo.
Ese proceso toma años… y desaprenderlo también.
Antes de llegar a la adultez —que nada tiene que ver con la edad—, se libra una guerra individual por ganarse un lugar en el grupo, demostrar el propio valor y refrendar o desafiar los valores adquiridos.
En nosotros está implícita y persistente la capacidad de contemplar, y de ella nace la curiosidad.
De algún modo, la humanidad siempre ha tenido una fuerte inclinación a razonar y a preguntarse aquello que no tiene respuesta. No obstante, parece que hemos ido perdiendo esa sana costumbre de dudar.
Los curiosos nos han guiado en la única dirección que parecía posible, y serán ellos quienes, quizá, puedan ayudarnos a cambiar el rumbo.
Los niños pequeños aprenden del ejemplo, y los adolescentes, aunque no lo pidan, muchas veces desean ese consejo.
Están en pleno aprendizaje y, ya sea que deban hacerlo solos o no, terminarán tomando uno de dos caminos:
Uno es aquel donde, pese a las dificultades, se ha aprendido a sembrar la resiliencia y la paciencia. Tenerlas permite entender que la vida es demasiado breve como para no invertirla en aquello que nos permita estar en armonía con lo demás.
El otro camino es aquel en que los objetivos egoístas y vanos hacen que uno carezca de escrúpulos y esté dispuesto a pasar por encima de cualquiera. Un sendero frenético, desalmado, de adoración ciega.
Existen otros caminos, sí, pero esos dos parecen ser los más comunes: el que busca ser parte del todo y el que lo quiere todo para sí.
Todos pasamos por esa encrucijada antes de madurar, así que muchos ya tomamos esa decisión hace tiempo.
Las personas hechas y derechas ya caminan —a veces sin remedio— alguno de esos senderos o alguna de sus vertientes.
* * *
Aquel día me quedé viéndome a los ojos en el espejo. Son bonitos. Me pregunté en voz alta si me sentía tranquilo.
Mientras observaba el color del iris, pensaba en el camino recorrido, y en mí mismo, ahí, en medio de la soledad, mirando hacia atrás las curvas de mis aciertos y las rectas de mis errores.
Vi las luces y las sombras.
Me acordé de mi hermana y, con algo de timidez mezclada con incredulidad, le dije a mi reflejo: «Te amo». Predicando y aplicando.
No hay que confundirse: no estoy enamorado de mí. Ese enamoramiento ya pasó. Por fin entendí que amarse es aceptarse, cuidarse y persistir en hacerlo bien. Es permitirse vivir con los altos y bajos, aprendiendo de todo, y queriendo ser mejor persona siempre, mientras se pueda.
Es perdonarse.
Porque, en una cara de esa moneda, todo es finito para nosotros. En la otra, la perfección es algo que muchos desean, sin que siquiera sean capaces de comprenderla.
Tal vez le resulte difícil ver su reflejo y hablarle con franqueza, acusarlo y aceptar las derrotas. Confesar sus planes, o decirse a sí mismo lo que siente por esa imagen en el espejo. Alguno incluso dirá: «Qué pereza».
¿De qué lado del espejo está? Conozco más de un par que son solo el reflejo, y otros más que ni siquiera lo sabrían.
A Fulano le aterrorizó el día en que se quedó viendo a los ojos y su reflejo bajó la mirada, esquivando la suya.

